San Francisco. Las cosas que pasan tienen su sentido.

01/05/2018

San Francisco es una de esas pocas ciudades en el mundo que enamora. Y no lo hace por la belleza de su bahía, las atracciones turísticas como Alcatraz o por su ambiente más Europeo que estadounidense (de hecho es la ciudad más europea de EEUU)  tampoco por sus playas ni por la vida de Market Street o Union Square, con sus grupos de gentes envueltos en sus negocios callejeros. Lo hace, sobre todo, por su ambiente cosmopolita, abierto, libre y acogedor.

Hay muchas ciudades cosmopolitas en el mundo, pero solo aquí se puede encontrar ésta mezcla de rostros de todos los lugares del mundo unidos por la idea de “vive y deja vivir”. Solo aquí, en esta ciudad alejada de los centros de poder y con la suficiente personalidad para vivir a su aire, se podían dar las condiciones  para lo que San Francisco ha creado, el mayor centro de innovación del mundo, algo que requiere grandes dosis de libertad y capacidad para soñar.

Por supuesto, este mundo, como todos, tiene sus contradicciones y aquí saltan a la vista en cada esquina, en cada rincón en el que un homeless se acomoda para pasar la noche.

En todo caso, este ambiente innovador no se da por casualidad,  como casi nada en el mundo.  San Francisco no es una excepción.  La historia tiene mucho que ver y es bueno repasar sus hechos y consecuencias pues, como apunta Cicerón: “No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es como ser incesantemente niños”.

Evidentemente, la historia que aquí importa no es la de los Españoles con Gaspar de Portolá al mando que, tras pasar de largo por la Bahía varias veces, la descubrieron, ni la del  misionero franciscano Francisco Palou que fundó allí la Misión de San Francisco de Asís conocida en la actualidad como “Misión Dolores” (si levantara la cabeza).

Tampoco la historia acaecida en los largos años posteriores.

La que cuenta es la que aconteció desde 1846, cuando la ciudad llamada Yerba buena paso a manos de EEUU tras la guerra con México, pues hasta ese momento, a pesar de su enclave privilegiado y sus posibilidades como puerto, San Francisco no era más que un poblado pequeño y perdido en una perdida y remota región.

Primero fue la fiebre del oro de California  la que multiplicó la población, atrayendo a toda suerte de personas en busca de riqueza, hasta el punto de que las tripulaciones que llegaban en los barcos desertaban dejándolos vacíos para perderse en los campos de extracción de oro.

Y más tarde la construcción del ferrocarril este-oeste iniciado en 1862, ese proyecto titánico impulsado por Abraham Lincoln que destrozó a su paso todo lo que quedaba del mundo indígena americano acabando con la cultura de las llanuras y que fue realizado sobre la base de la especulación y la barbarie haciendo ricos a unos pocos  y cambiando para siempre un continente.

Tras este proyecto un viaje que costaba 6 duros meses se redujo a algunos días, todo un hito de la ingeniería por el que se pagó un altísimo precio cultural de incalculables consecuencias. Con cada paso que damos hay un precio que pagar y normalmente el que lo paga no es preguntado.

Para esta obra fueron contratados casi como esclavos gran cantidad de ciudadanos chinos, algunos venidos a américa en busca de oro y otros muchos traídos en barcos para la ocasión. Con ellos nació  la comunidad china de San francisco y unos de los Chinatown más antiguos del mundo que fue, nada mas y nada menos, que la cuna de Bruce Lee, referente de  todos los amantes de las artes marciales. Gracia a él muchos conocimientos de la comunidad china fueron compartidos. Esa es la grandeza del intercambio cultural.

san fancisco

Solo estos dos hechos convirtieron a San Francisco a finales del siglo, en  una gran ciudad conocida por su extravagante estilo, sus imponentes hoteles, las ostentosas mansiones de Nob Hill y una emergente escena artística.

La personalidad de esta ciudad se había instaurado  tan solo 50 años después de pasar a manos americanas.

Sin embargo, San Francisco no sería lo que es hoy sin algunos hechos acontecidos posteriormente. El primero de ellos, un hecho aparentemente sin importancia,  resultó en el encuentro una vez más en San Francisco de un estilo de gente dispuesta a los cambios, a la emancipación a todos los niveles y a la innovación.

Esta historia comenzó en la Segunda Guerra Mundial, cuando las autoridades militares enviaban a los soldados sospechosos de homosexualidad a la ciudad para que fueran juzgados por el tribunal que decidiría su futuro en el ejército.

Entre 1941 y 1945, alrededor de 10.000 presuntos gays y lesbianas llegaron a San Francisco, y muchos se quedaron a vivir, con sus ansias de cambio, de transgresión, de búsqueda de nuevos  valores y de expresión personal que encontraron en la ciudad, ya de por si dada a este espíritu, un lugar en el que prosperar.

Con estos mimbres  San Francisco se convirtió al poco tiempo en un imán de la contracultura estadounidense  primero como refugio de los escritores de la generación bit en los 50, cuyos nombres más destacados fueron  Allen Ginsberg, William Burroughs y Jack Kerouac.

Estos  se asentaron en el barrio de North Beach, y escribieron acerca de la libertad sexual, las drogas y en contra de los valores americanos mas tradicionales influenciando a figuras como Bod Dylan o Jim Morrison, el gran Jim Morrison, y proporcionando  la base literaria al movimiento hippie de los años 60, que tendría  en  San Francisco, como no, su epicentro.

Quizá el carácter de esta ciudad, que mira sin complejos hacia el futuro y es capaz de abrazar cualquier novedad, no se lo dé nada de esto, sino simplemente sea el resultado psicológico de vivir en la falla de San Andrés, lo que significa que la tierra se mueve y que de un momento a otro todo puede desaparecer y hay que volver a empezar, como en 1906.

Lo que es evidente es que hoy los jóvenes que deambulan por San Francisco no están preocupados por la política, la guerra del Vietnam o la música, sino mas bien enfrascados en sus ordenadores. El espíritu de cambiar el mundo, vivir en libertad y hacer riqueza sigue siendo uno  de los lait motiv de sus vidas, aunque para ello  hayan comprado el sueño americano, trabajen 18 horas al día, vivan con dificultades en lo que hoy es la ciudad más cara de américa y tengan que mirar hacia otro lado cuando la contradicciones de este mundo en movimiento les asaltan en las esquinas de cada calle.

Aun así, esta es la única ciudad del mundo en la que podemos encontrar las sedes de empresa tan disruptivas como Uber, Twitter, Linkedin, Adobe, Google, Facebook y un largo etcétera y la única en la que  se concentran cientos de  inversores en busca de nuevos unicornios y se mueven billones de dólares cada año con la esperanza de encontrar nuevamente oro, ya no en pepitas, sino en ideas y programación.

El hombre hace la historia y la historia hace al hombre, moldea los lugares y les confiere atributos y personalidades, ordena ganadores y perdedores con la mano ciega del azar y  diseña el destino personal de los que los pueblan. De esos atributos y personalidades, de esas fuerzas, sueños, deseos y destinos, que acaban instalándose en el inconsciente de las personas, depende lo que un lugar puede ofrecer al mundo.

Pero lo realmente interesante, como señala Chesterton, el gran escritor británico,  “en relación con esa novela llamada Historia, es el hecho de que no está acabada”. Esto es lo que pasó y sus consecuencias, ahora nos toca a cada uno de nosotros escribir el siguiente capítulo, y espero que esté lleno de este espíritu de libertad, cambio y celebración de la vida que San Francisco respira.



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