filosofía.

Con esta frase lapidaria, termina el Tractatus logico-philosophicus (1921) del filósofo Ludwig Wittgenstein, escrito en las trincheras de la primera guerra mundial por uno de los más grandes pensadores del S.XX.

Un hombre que renunció a una de las mayores fortunas familiares en Europa, forjada con el negocio del acero, para dedicarse a la filosofía y que  golpeaba la puerta de su maestro Bertrand Russell a las 3 de la mañana para contarle sus ideas y hallazgos. (pasión sincera)

No recomiendo la lectura del tractatus pues, como el propio Wittgenstein dijo: “posiblemente sólo lo entienda  quien ya haya pensado alguna vez por sí mismo los pensamientos que en él se expresan o pensamientos parecidos.”

Pero si recomiendo una  reflexión profunda acerca de lo que podemos entender y no entender, de qué está a nuestro alcance comprender y nombrar, de qué es aquello de lo que podemos hablar  y qué es aquello que debemos aceptar como incognoscible, terreno del silencio. No ya en el mundo, sino incluso en nosotros mismos. (como es arriba es abajo)

Hoy,  mucho seres que se denominan”racionales” se empeñan en pretender que todo puede ser desgranado con la cabeza, ordenado y entendido. La realidad se empeña en demostrar que no es así.

¿Ustedes se comprenden totalmente? ¿tienen un conocimiento claro y distinto , como diría Descartes, acerca de porqué hacen lo que hacen, sienten lo que sienten, o son lo que son? ¿Dominan perfectamente todas las variables que influyen en sus vidas o en sus trabajos? Yo realmente no. Lo confieso.

De hecho algunos de mis mejores amigos, los que me conocen bien, dicen no entenderme demasiado.  Yo, como decía, tampoco lo hago. A veces las contradicciones internas y externas son tan grandes que nos perdemos en una lucha interior imposible de vencer.

Cuando esto sucede no hay mucho que hacer, situarse en el medio (si se puede) y esperar. Todos tenemos demasiadas fuerzas a nuestro alrededor luchando, tirando de nosotros en diversas direcciones, influenciándonos de múltiples formas y en realidad, por mucho que pensemos,  solo atisbamos a ver una parte pequeña del problema.

Si. Cuando nombramos el Tao este deja de ser el Tao verdadero.

El mundo de las historias Zen, que me encantan, pues están diseñadas para partir en dos la racionalidad, ese juego del ego que se cree capaz de controlarlo y entenderlo todo, está plagado de este tipo de ideas.

“Un monje se acercó a su maestro y le preguntó si podía esperar que en el futuro comprendiera, aunque fuera solo un poco.

no es necesario comprender. -respondió el maestro-

si no comprendo ¿cómo tener fe?

inútil tener fe -dijo el maestro-

entonces no entiendo nada. -dijo el monje-

lo único que necesitas en una fuerte certeza- replicó el maestro”.

Esta historia es de un libro del gran Taisen Deshimaru, que se afincó en París en los 60 para difundir el zen en occidente.

Yo no  tengo certeza acerca de  cosa alguna, a Descartes le costo dios y ayuda encontrarla en el “pienso luego existo,”.

Quizá  tengo la certeza de que muchas cosas se me escapan, de que cada vez puedo hablar de menos cosas con la seguridad de saber lo que estoy diciendo.

También la certeza de la enorme cantidad de fuerzas que juegan en esta chulería  de la materia ( Ciorán) que llamamos vida y que, al explicarlas e intentar controlarlas, reducimos a un absurdo que nos mutila para vivir ordenados, reduce todo lo que en nuestro ser es incognoscible y libre para vivir de acuerdo al patrón, un patrón que hemos comprado barato. Así debe ser, dicen, y así lo hacemos.

 Yo desconfiaría de aquellos que tienen soluciones para todo, y explicaciones para todo. Sea en la materia que sea.

Lamentablemente los encontramos en todas partes, dispuestos a decirnos cómo vivir,  cómo responder a los interrogantes que nos asaltan, cómo ordenar nuestras contradicciones.

No hay solución a este dilema. No la busquen. La única salida es aceptar nuestros propios límites y saber separar muy bien aquello que podemos conocer de aquello que se nos escapa.

Para lo que se nos escapa, y es mucho, solo nos queda aplicar algo que a Wittgenstein se le olvido señalar: “bailar con el problema”.

Para todo lo demás, todo lo que sí podemos conocer, nos toca aplicar el estudio continuo, la puesta en cuestión continua, el humilde trabajo que día a día amplía nuestras miras y nos saca de lo que algunos filósofos han llamado nuestra “ontología invisible” y que podemos asimilar de alguna forma con nuestra zona de confort intelectual.

Trascendiéndonos y aprendiendo no responderemos todas las preguntas, no nos dará soluciones a todos los problemas, no nos posibilitará para enfrentarnos a lo que no podemos saber. La realidad es que  solo encontremos nuevos problemas y retos en nuestro camino de cada día,  pero no encuentro otra manera mas adecuada de enfrentarme al reto de la vida ¿ustedes?

 

De lo que no se puede hablar es mejor callarse.

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